Era la primera vez que hacía algo así y pensaba en su padre, en lo qué pensaría su padre: puta. Pero no importaba en absoluto, porque su padre era un hijo de puta… por tanto su abuela se convertía automáticamente en la culpable. Otro pedazo de hija de puta. Así, uno a uno, se dio cuenta de que el árbol genealógico de su familia era una gran línea de hijos de puta. Qué palabra más fea, ¿no? ¡Jajajajajajaja! Lo feo era su vida. Si hubiera tenido que resumirla en un color hubiera optado por un verde mohoso y grisáceo, si hubiera tenido que resumirla en un olor hablaría de lo rancio, lo podrido; si hubiera tenido que definirla con un tacto imaginaría un cubo lleno de mierda; si hubiera tenido que compararla con un sonido optaría por los gritos de un cerdo al que sacrifican mientras tú te escondes e intentas olvidar que existes; ¿y el sabor? Pasa la lengua por la piel de ese cerdo. Hay tantos cerdos entre los que elegir… Nadie merecía la pena, ella no merecía la pena. ¿Tú mereces la pena?
martes, 13 de marzo de 2007
miércoles, 28 de febrero de 2007
Sonoros sudores sordos
"Hablo de un grito cutáneo... es como si mi piel transpirara tu nombre."
Suspiros de la piel. Continuamente. Desesperadamente. La piel nos habla y la callamos pensando en telas y aguas frías, crueles, que cortan como cuchillos en honor a la razón. Nos tiran contra el suelo, nos apagan a golpe de suelas de zapato; pero nos levantamos y salimos del asfalto en busca de pieles que escuchen a la nuestra… aunque su ruido sólo nos parezca eso: ruido; y aunque ese ruido sea estridente no llega a ensordecernos. Entonces nos conformamos con rumores mientras buscamos una melodía que entone como deseamos con las palabras de nuestra piel. Sonidos, sonidos y más sonidos… y ninguno entre ellos consigue armonizar mientras hallamos la forma de componernos junto a las brasas de algún tacto que podamos reavivar. No existe, la perfección no lo es, la inventamos cortando sensaciones en un patrón de sueños que por defecto no somos capaces de tocar. Escuchamos “te quiero (s)”, los soltamos al vacío y se pierden entre las lenguas que los necesitan, y las que los olvidan. Pero te quiero, o te quise… y tú me quisiste, hiciste de mi un trocito de lo que nunca voy a ser, de lo que ya soy, a pesar de la resistencia. Tú lo dijiste, mi lengua lo necesitaba y lo escuchó para no olvidarlo. Me dormí una noche escuchando cómo lo afinabas para mi piel, escuchando sólo una voz que nunca he visto. Y a la mañana siguiente no había nada que escuchar. Me dejaste sorda, tú. Me dejaste sorda, y sólo llegaste para susurrarme; de haber gritado junto a mis oídos hubiera desaparecido, y ahora no sería la primera vez que leo esto, que escribo esto, que te hablo sin decirte nada, que escribo pensando en el silencio. Y en eso te has convertido. Para mí. Amo de las metáforas, interpreta. Te conté un cuento y tú lo hiciste tuyo, para contármelo… cuando ya había olvidado a la autora. Ahora tomo el tuyo de otoño, y lo reinvento porque es mío desde que dijiste que tu piel transpiraba mi nombre.
Eco, eco, eco…
lunes, 19 de febrero de 2007
Patas y ruedas
Vino a verme. Vino a verme y se quedó sentado junto a mí, colocó una silla de mimbre pintada (o despintada) de blanco junto a la mía, y mientras me miraba fue doblando su cuerpo poco a poco hasta formar dos ángulos rectos paralelos a los del mimbre. No lo miré, pero intuí sus ojos; nunca lo miraba, nunca miraba a nadie, ni a nada… o eso daba a entender.
No esperé un segundo más: moví el cuello lentamente, en dirección a él, y lo miré. Por fin lo volvía a mirar, y él me estaba mirando, atónito, incrédulo… soñando. Me humedecí los labios, haciendo salir ese vomitivo sabor de mi boca hacia afuera, hasta que me llegó el olor y pensé que él podría olerlo también, pero qué le iba a importar, y lo que era más importante, ¡qué me importaba a mí! “No te llamarán. No esperes que lo hagan, porque no pienso hacer nada que les haga creer que estoy mejorando. Lo estoy haciendo ahora, esto les va a tener ocupados durante un tiempo, y en ese tiempo no mostraré cambio alguno. De modo que me gustaría que no tardases más de lo “normal” en volver a verme, y espero que la próxima vez me traigas un regalo; condones estaría bien, ya sabes que no me gusta el chocolate, y las flores me dan asco, tanto asco como el puto color blanco de sus batas. Así que nada de mariconadas si no te importa. Ya era hora de un pequeño cambio, ¿no crees?”.
viernes, 16 de febrero de 2007
Inercia
-Cuéntame la lluvia.
-¿Qué dices?
-Nada.
-¿Qué te cuente la lluvia?, ¿y eso cómo se hace?
-No quiero que me cuentes la lluvia.
-¿Qué te cuente cómo es la lluvia acaso?
-No.
-¿Qué quieres?
-Nada.
-No te creo. Siempre quieres algo.
-¿Y para qué voy a quererlo?
-Tú sabrás, es tu vida.
-…
-¿Por qué te quedas callada?
-…
-¡Di algo!
-¿Para qué?
-Para que no parezca que hablo sólo, ¡joder!
-Siempre hablas solo.
-¿Y tú qué?
-Eso mismo me pregunto yo.
-Ya estás con tus tonterías otra vez…
-…
-…
-…
-Cielo, venga, no te pongas así.
-…
-Es que no te entiendo.
-Ya lo sé.
-Lo entiendes, ¿verdad?
-Sí.
-¡Esa es mi chica!
-…
-Así me gusta, que sonrías.
-Lo sé.
-Sabes que te quiero.
-Sí.
-¿Ves?, ya está arreglado.
-Claro…
-Vámonos de esta cafetería.
-¿Por qué?
-Me apetece.
-Y ¿a dónde?
-No sé, ¿dónde quieres ir?
-Aquí.
-¿Aquí?
-Sí.
-¿Con el sol que hace fuera?
-Incluso.
-No te entiendo.
-Eso ya lo has dicho…
-Pero no puede ser que no quieras salir.
-¿Por qué no?
-Pues porque no, no sé…
-Vete tú.
-No; quiero que vengas conmigo.
-¿Para qué?
-¿Cómo que para qué?
-Sí, eso mismo.
-Pues para no irme solo…
No te diré que no me busques porque sé que no me vas a encontrar, de lo contrario no haría esto. Me parece increíble que después de tanto tiempo no tenga nada que decirte, nada que me vaya a escocer si no te digo… me acostumbré a ello en tus moldes, y afortunadamente he encontrado un punto de inflexión para salir de ellos. Cuéntame la lluvia, soñé a esas tres palabras… pero tú no sabías soñar con cuentos.
sábado, 10 de febrero de 2007
El tren había llegado hacía quince minutos, y aun tenía tiempo de fumarme un cigarro antes de irme. Dejé la maleta junto a mi asiento y bajé al andén. Saqué uno de los cigarrillos y lo coloqué entre mis labios, lo encendí y aspiré intensamente de él. Exhalé todo el humo con un suspiro, recordando el día anterior, el último día de mi antigua vida; y el “hoy”, tan sólo un tránsito hacia una nueva, o la misma, pero en un lugar distinto, con distintas caras y olores distintos. El fuerte sonido del pitido que avisaba de la inminente salida me sacó de mis recuerdos y mi exaltación aumentó: me iba por fin.
-Gracias, también me gusta mucho tu olor…
-Es vainilla.
-Lo sé.
Sonrió y cambió mis ojos por el paisaje que le ofrecía el otro lado de la ventana, yo cambié los suyos por su cuerpo, por las formas que intuía bajo los pliegues de esa tela. Entonces giró su cara de nuevo hacia mí:
-¿Y te gusta?
-Sí.- dijo tras una carcajada. -Y no importa, yo también te he estado mirando…
miércoles, 7 de febrero de 2007
¿Cuánto hace...? (Repeat)
Una hora después, fumas relajado, tumbado en la cama, boca arriba, sonriendo... la oreja te arde. Piensas...
domingo, 4 de febrero de 2007
Para rellenar una soledad...
-Adiós.
-Sí, ya lo sé.
-Pues vete.
-Vete a la mierda.
-¿Para qué? Ya estamos en un sitio parecido...
-Serás gilipollas... qué coño sabrás!
-Sé que esto está muy lejos de un sitio que pueda darnos alegría.
-¿Un sitio?
-Nosotros, tú y yo...
-Entonces...
-¿Qué?
-Que dejes de decir sandeces, sobretodo ahora.
-Bueno, ya me he cansado.
-Y yo. Adiós.
Él no respondió; era el turno de ella. Los dos dijeron adiós y se quedaron uno junto al otro, cogidos de la mano. Vieron el cielo alejarse y oscurecer, y con él sus estrellas. Intentaron volar agarrados a alguna de ellas, pero se tenían de las manos, y no supieron que soltarse no era tan difícil como creían. Lo intentaban, pero eran incapaces, sus músculos no respondían a los estímulos de sus cerebros, o quizá sí.
¿Qué ocurre cuando no sabemos cuáles son nuestros deseos? ¿Deseamos, en realidad, si no sabemos qué? ¿Por qué continuamos agarrados de la mano? La costumbre nos hace, y nos deshace.