miércoles, 27 de abril de 2016
Eurídice
viernes, 22 de abril de 2016
Tras la Sombra
viernes, 23 de abril de 2010
Teletransporte
¿Hacia dónde vuelas habitante eterno de la acera?
martes, 19 de agosto de 2008
El Instinto
Siempre había preferido de los autobuses los asientos traseros para viajar. Era una verdadera suerte que me fuera asignado alguno de los últimos, teniendo en cuenta que la posibilidad es de una entre… ¿Setenta? ¿Ochenta? No sé, la verdad, cuantas plazas suelen tener los autobuses, a pesar de que haya cogido muchos a día de hoy. El asunto, decía, es que es toda una suerte que te toquen esos asientos, los de atrás. Lo que proporcionan es algo más de intimidad dentro de toda la que te quitan esos sitios; de no tener que preocuparte por si tras de ti viaja un niño repelente, de esos que no callan ni aunque les metas un cañón en la boca, de los que patalean el asiento delantero y sus padres, infelices de ellos, están tan cansados que no quieren ni mirarlos… De esos. Lo primordial es que aquel día la vida me sonreía y yo le sonreía a ella, porque todo indicaba que iba a ser un buen viaje. Coloqué los auriculares en mis oídos y cuando por fin arrancó el vehículo noté esa sensación inconfundible del comienzo de un viaje, mezcla de expectación y satisfacción, con esa sonrisa leve y tonta que no desaparece hasta pasados unos quince minutos, o más, dependiendo del destino. Adoro los trayectos, todo se para y lo único que hago es mirar por la ventana y abs-traerme; me dejo llevar, literalmente.
He dicho antes que fue una suerte que me tocara uno de los últimos asientos, y no lo he dicho en balde. No sólo porque como, ya, también he dicho, permitan cierto grado de intimidad, sino porque aquel día, más que apetecible, terminaría siendo algo necesario, tan necesario como el escaso número de viajeros que acompañaban.
De hecho, no habían transcurrido ni dos horas de viaje cuando comencé a notar cierto hormigueo en mi vientre. En principio lo identifiqué como esos nervios que suelen concentrarse en la boca del estómago por tomar mucho café, o al estar ante situaciones que nos alteran. No le di más importancia que esa, y como la mayoría de las veces, lo ignoré sin dificultad. Pero, unos minutos después, no pude evitar sobresaltarme en mi asiento al notar cierta punzada bajo mi piel. Miré a mi alrededor, donde por fortuna no había más que sillones vacíos, y respiré todo lo tranquilizada que la situación me permitía.
Instintivamente, acto seguido, miré hacia mi abdomen y palpé sobre la camiseta, horrorizada, algo que nunca había estado allí y que como si tuviese vida se movía ajeno a mi voluntad. El miedo me dejó paralizada durante no recuerdo cuánto tiempo, pero finalmente no tuve más opción que retirar la tela y verlo: ahí estaba ese movimiento bajo mi piel, tensándola y enfilándola desde dentro, mientras yo intentaba controlarlo con ambas manos, y con toda la fuerza de mis brazos. Me olvidé de pensar y sólo deseaba deshacerme de aquello, de mí misma con eso que aun no sabía qué era, dentro… despertar de la pesadilla. Ahora lo incómodo del hormigueo pasaba a ser el dolor físico más terrible que he experimentado; esa cosa parecía crecer por momentos mientras yo continuaba intentando paralizarlo, mientras veía como mi piel comenzaba a desgarrarse bajo mis manos. Surcos de sangre empezaron a manar despacio entre mis dedos, resbalando hasta mis piernas, y yo ya sólo podía llorar y agarrar a ese pedazo de carne que hacía esfuerzos por salir de mí. Entonces algo punzante me atravesó la mano, y vi como sobresalía varios centímetros por encima de ella; aquella bestia me estaba descuartizando, y lo único que podía hacer ahora era resignarme y dejarlo salir. Tras las garras, fueron los colmillos, y sentí que me estaba desquebrajando definitivamente mientras yo sólo podía mirar, ya casi inconsciente, a aquel monstruo que salía de mí.
Con un movimiento rápido, una vez fuera, se giró y se posó encima de mí, rodeándome con sus patas, atándome a mi asiento. Yo estaba exhausta, casi no podía respirar, y lejos de notar dolor, apreciaba una paz que en aquel momento me pareció más cercana a la muerte que a la vida, aunque nunca hubiese experimentado la primera. A pesar de que me costaba mantener los ojos abiertos, veía borrosamente a aquella bestia observándome de cerca, auscultándome, echando su aliento caliente en mi cara y removiendo el fuerte hedor a sangre… Cuando logré reaccionar, miré hacia mi abdomen, que ahora era una enorme perforación por donde asomaban mis tripas hechas jirones. Entonces le miré a los ojos, con odio y ansias de matarlo, con una furia que no reconocía propia. Pero lo increíble, lo realmente increíble de todo sobrevino al verle. Y es que él me miraba igual. No era más que desafiante rencor lo que había en esa bestia, y parecía satisfecho al tenerme delante: continuaba analizando mi rostro, mientras sus fauces parecían dibujar un arco, una sonrisa.
Permanecimos unos minutos mirándonos, atónitos. “Aquí me tienes por fin. ¿Qué vas a hacer ahora?”, dijo finalmente, con la tranquilidad y la fiereza de quien a pesar de sentirse orgulloso continúa esperando algo. “En primer lugar, curarme la herida”.
jueves, 15 de noviembre de 2007
Monólogo inestable u Oda al hastío
Tengo en una mano, la izquierda, unas monedas de poco valor. Las miro. Me sorprendo de cómo nos cautiva el dinero, nos agarra por los pies. En mi mano izquierda está todo el dinero que tengo. Quizá pudiera comprar unas barras de pan. Pero recuerdo que necesito coger un tren en unos días, o mañana; sí, creo que mañana. Me duele la cabeza, no respiro bien, los músculos de la espalda, los brazos, las piernas… no dejan de dolerme los cabrones, y creo que de un momento a otro vomitaré las vísceras. No está mal, entonces podré emplear las monedas para otro fin, a no ser que también expulse los pulmones… cosa que no dudo si sigo tosiendo así. Esto me hace pensar: ¿es posible que pueda sacarme los pulmones por la boca? O aunque no sea yo quien los saque, ¿que salgan solos? Nunca me gustó la medicina. Está vacía, o tal vez llena; no importa, o sí; sí importa. De acuerdo: no está vacía. Vacío es lo que me provoca. Pero tampoco está llena; aun quedan dudas, hipótesis no demostradas (ni formuladas), cosas que aun no se han conocido, y cosas que no se van a conocer. Que se jodan los que conceden a esta raza algo parecido a la omnipotencia, que se jodan los que “son de la opinión” de que si soy incapaz de conocer (ver, tocar, oler, oír, degustar) “X”, automáticamente “X” no existe. Las paradojas me persiguen. Y entonces vuelvo a mirar las monedas, que ahora están sobre la cama. Son patéticas. Que se jodan ellas también. Jodámonos todos. Que te jodan a ti, y a mí, y a tu vecina a la que te gustaría joder, en la que piensas cuando te pajeas. En esto no hay excepciones querido lector (o escritor. Escritora, perdón): todos estamos jodidos… ¿Dé dónde crees sino que hemos salido? Pero al fin y al cabo no está tan mal. Porque una mañana sin saber por qué extraña conjugación planetaria (o intestinal) te levantas y el café te sale bueno, y sonríes; y la panadera te guiña un ojo (con o sin lujuria), y sonríes; y te apetece cocinar y cocinas, y sonríes; y te gusta que a las cinco de la tarde ese sol cálido (que no quema sino envuelve) te ciegue, y sonríes; y cuando anochece, llegas a casa, te das una ducha, te acomodas en ese sofá, y vuelves a sonreír. No, no está tan mal al fin y al cabo. Pero hoy no sé si el café estaba bueno, no he comprado pan, la cocina no funciona, desde mi casa no veo la puesta de sol, y no he vuelto a casa, obviamente, porque no he salido de ella. ¿Que qué coño te importa todo esto? Tú sabrás, eres uno más de los que estamos jodidos (¿eres humano?), y por tanto nadie te obliga a leer lo que hasta ahora has leído. Si no fuera así, manda a la mierda a ese capullo, y si no lo haces únete a él. Sois la pareja perfecta. Y tranquilo, ya termino; tengo que pensar en cómo coger mañana ese tren ¡Mierda! Las monedas…
(Recuperado del baúl de los recuerdos).
miércoles, 31 de octubre de 2007
Green Park
A la sombra de un ciprés, a las nueve de la noche de un jueves cualquiera, se hallaba Leopoldo en busca de la tumba de su querido perro Dartanhan el Travieso. No había sacado la primera pala de tierra cuando una ráfaga de viento hizo volar su sombrero.
Al mismo tiempo, en una de las esquinas de Trafalgar Square, a la señorita Smith se le escapaba un eructo de emoción por ver a su amado. Éste, calzando sus nuevos zapatos rojos, apareció junto a una bella dama que sostenía entre sus brazos un pequeño caniche al que le gustaba llamar Mauricio, como el hijo menor del cuidador del establo de su casa de campo y antiguo compañero de juegos, al que había visto morir ahogado en el río Támesis.
Leopoldo corrió detrás de su sombrero sosteniendo con una mano el escaso pelo que crecía de uno de los lados de su cabeza. Anduvo varios metros hasta que se detuvo ante la vista de una manada de elefantes blancos, los cuales pasaron, uno por uno, por encima de su sombrero. Entonces pensó Leopoldo: “¿Quién trajo elefantes blancos a Nueva Inglaterra?”
Mientras tanto, la señorita Smith consideraba que el corte de pelo del caniche no era el apropiado para la situación. Su amado interrumpió estos profundos pensamientos con un leve gesto de cortesía con la cabeza. Pero el destino, y las leyes de la física recién formulada por Sir Newton, jugaron en su contra desencadenando el trágico incidente de que su mano fuera a parar al joven y firme pecho de la señorita Smith. Agitado por el alboroto, Mauricio, además de rencoroso por su inapropiado corte de pelo, saltó de los brazos de la bella dama, y atacó las faldas del vestido de ésta hasta que quedaron reducidas a jirones. Por todos es sabido que los deseos de un caniche trascienden en importancia cualquier apetencia de los transeúntes de las calles de Londres, los cuales atusaban sus pelucas y ajustaban sus monóculos para contemplar el espectáculo.
María y abajo firmante, pretendida intoxicación amanítea.
domingo, 9 de septiembre de 2007
La curiosidad
“La multitud es su dominio, como el aire es el del pájaro, como el agua del pez. Su pasión y su profesión es desposar a la multitud. Para el perfecto flaneur, para el observador apasionado, constituye un gozo inmenso elegir morada en el número, en lo ondulante, en el movimiento, en lo fugitivo y en lo infinito. Estar fuera de casa y sin embargo sentirse en ella en todas partes ; ver el mundo y permanecer oculto al mundo, tales son algunos de los menores placeres de estos espíritus independientes, apasionados, imparciales, que la lengua sólo puede definir torpemente. El observador es un príncipe que goza en todas partes de su incógnito. El aficionado de la vida hace del mundo su familia, como el aficionado del sexo bello compone su familia con todas las bellezas encontradas, encontrables e inencontrables; como el aficionado de cuadros vive en una sociedad encantada de sueños pintados en lienzo. Así el enamorado de la vida universal entra en la multitud como un inmenso depósito de electricidad. También se le puede comparar con un espejo tan inmenso como esa multitud; con un caleidoscopio dotado de conciencia, que, en cada uno de sus movimientos, representa la vida múltiple y la gracia inestable de todos los elementos de la vida. Es un yo insaciable del no- yo, que, a cada instante, lo refleja y lo expresa en imágenes más vivas que la vida misma, siempre inestable y fugitiva.” C. Baudelaire
domingo, 19 de agosto de 2007
De preguntas tontas y respuestas, si cabe, más tontas
4: 35 p.m. Suena el teléfono. No lo miro porque sé que es ella, otra vez, otro día. Suspiro y pienso en ignorar que estoy aquí. No puedo. Alargo mi brazo desde la cama a la mesita de noche que se encuentra a mi derecha, cojo el teléfono y contesto:
-¿Si?
-Baja, te estoy esperando.
-Dame unos diez o quince minutos- ruego.
-Joder… Vale, pero date prisa que estoy sola.
-Ok. Hasta ahora.
-Hasta ahora.
-¿Qué pasa?- me pregunta tras clavarme (en sentido literal si de los ojos le salieran rayos láser… esa es una imagen que siempre me ha gustado: si de los ojos, la trayectoria de la mirada, salieran rayos… Bueno, a lo que iba…) la mirada con los ojos muy abiertos (me asusta).
-Pues… Mira Julia, no me voy a andar con rodeos. No puedo seguir contigo. Sé que ahora te sentirás perdida, que se te cae el mundo encima y todas esas cosas que se suelen decir… pero sé que tú eres consciente tanto como yo de que esto, a largo plazo, es lo mejor que podemos hacer.
-Sí, tienes razón.
-¿Si?
-¿A mi me lo preguntas? Eres tú el que ha soltado el monólogo.
-Mmm… Pues… Bien, me alegro de que te lo tomes así.
-Claro. No eres el único que está cansado.
-Bueno, pues vuelvo a casa… aquí no tengo nada ya que hacer.
-¿No vienes al bar?
-No
-Vamos todos los días.
-Ya, pero no me apetece.
-Bien, pues nos veremos.
-Sí, adiós.
-Adiós.
Y aquí termina la historia, sí. Y hablando de gilipolleces… ¿Quién es el más gilipollas de los dos? (...) Exacto.
sábado, 16 de junio de 2007
Sobremesa
-¿Para qué? Sabes que va a pasar algo, ¿sí, seguro? Yo creo que no, que eso es lo que esperas, que pase algo, pero nunca pasa nada. Vives a la expectativa. Y no está del todo mal, es una razón para no suicidarse: esperar. Lo has pensado, suicidarse es una forma de que pase algo, pero no podrás recordarlo, y no servirá de nada. Dices que la utilidad no te importa; bien, adelante, córtate las venas… pero no me digas que duele. Lo que no entiendo es por qué no lo has hecho ya. ¿Arrepentimiento? ¿De qué te vas a arrepentir cuando no existas? Córtate las venas y no lo pienses más, hazte un favor, por una vez en tu vida haz algo que te satisfaga. No pienses en tu... ¿Crees que a tu padre le importaría? Sabes que no, y no pongas esa cara porque lo sabes desde hace años, el problema es que siempre has vivido a la espera, te lo repito, en este caso de que le importes. Te das más importancia de la que en realidad tienes, y por eso te has llevado tantas hostias…
-¿Me aconsejas que me suicide?
-¿Acaso no me escuchas? Creo que lo he dicho bien claro.
-No te importaría que dejara de existir…
-¡Claro que no! Ya estás muerto, sigues existiendo, pero estás muerto.
-¿Y tú qué haces aquí?
-¿Dónde voy a ir?
-Entonces tú también estás muerto.
-No te equivoques, yo ni siquiera existo.
-Para mi sí.
-Sí, pero tú estás muerto.
miércoles, 21 de marzo de 2007
Baños privados
De haber sabido qué decir hubiera pasado horas frente al espejo, sentada en la madera del suelo templado, suave… Hubiera comenzado a hablar y se hubiera dejado llevar por la pérdida de la noción de algo que llamamos tiempo, escuchando sólo sus pensamientos, que saldrían por su boca, siendo sonidos que se quedarían en las paredes, esperando que alguien llegara para recogerlos, agazapados en las rendijas que forma el ladrillo, escondidos del mundo (sin saber que esas rendijas eran parte del mundo). Hubiera pasado horas, de haber sabido qué decir. Mirando sus ojos, olvidándose de que existe algo más que ella misma, y sus pensamientos, y el aire que llenaba de vacío la habitación, y los olvidos, y los recuerdos vívidos, y el olor a jabón, y… nada más. Hubiera pasado horas y horas, de haber podido hablar. Asombrándose, estudiándose, analizándose, pensando a su vez en cada fragmento de pensamiento que saliera por sus labios, en cada causa de cada uno de ellos, en todas las conexiones que la llevaban de uno a otro, viéndolos como puentes entre fragmentos de vida, de su vida y de la de los demás, todos y cada uno de los que la habían moldeado o la habían hecho fuerte contra los moldes, ella… De no haber nudo, hubiera estado horas hablando frente al espejo, consigo misma. Disfrutando de la mejor conversación de su vida, de la mejor compañía que le cabía esperar, del mejor momento del día, justo antes de morir… de placer; de haber tenido algo que decir. Hubiera esperado horas a salir del sueño de sus ideas, mirando las cenizas de un vaho frío, que ni llegó a ser vaho (que se joda)… y que ella escribía con b. No, no tendría nada que ver, lo sabía, pero le gustaba ponerse frente al espejo, y hablar. Pensar continuamente en voz alta, pero no hablando después de pensar, sino pensando y hablando al mismo tiempo, las mismas palabras, unas en abstracto, otras en ondas sonoras… y reírse. ¿Qué pasaría si todos hiciéramos lo mismo, incluso al hablar con los otros? Hubiera dicho muchas cosas a su reflejo de haber sido capaz de emitir sonido alguno, paradójicamente, trascendente del gemido, pero no podía. Había pasado meses hablando sin nada qué decir, pues era incapaz de pronunciar palabra alguna salida de sus deseos, y ahora quería hablarle al espejo de metal, pero el espejo era de metal, y ella de agua, de sus lágrimas. Y ya se sabe lo que ocurre en estos casos: él se va de casa, y ella, que es menos ella, se queda con los niños, y sus dedos. El tiempo se ralentiza.
martes, 13 de marzo de 2007
Sesión fotográfica
Era la primera vez que hacía algo así y pensaba en su padre, en lo qué pensaría su padre: puta. Pero no importaba en absoluto, porque su padre era un hijo de puta… por tanto su abuela se convertía automáticamente en la culpable. Otro pedazo de hija de puta. Así, uno a uno, se dio cuenta de que el árbol genealógico de su familia era una gran línea de hijos de puta. Qué palabra más fea, ¿no? ¡Jajajajajajaja! Lo feo era su vida. Si hubiera tenido que resumirla en un color hubiera optado por un verde mohoso y grisáceo, si hubiera tenido que resumirla en un olor hablaría de lo rancio, lo podrido; si hubiera tenido que definirla con un tacto imaginaría un cubo lleno de mierda; si hubiera tenido que compararla con un sonido optaría por los gritos de un cerdo al que sacrifican mientras tú te escondes e intentas olvidar que existes; ¿y el sabor? Pasa la lengua por la piel de ese cerdo. Hay tantos cerdos entre los que elegir… Nadie merecía la pena, ella no merecía la pena. ¿Tú mereces la pena?
miércoles, 28 de febrero de 2007
Sonoros sudores sordos
"Hablo de un grito cutáneo... es como si mi piel transpirara tu nombre."
Suspiros de la piel. Continuamente. Desesperadamente. La piel nos habla y la callamos pensando en telas y aguas frías, crueles, que cortan como cuchillos en honor a la razón. Nos tiran contra el suelo, nos apagan a golpe de suelas de zapato; pero nos levantamos y salimos del asfalto en busca de pieles que escuchen a la nuestra… aunque su ruido sólo nos parezca eso: ruido; y aunque ese ruido sea estridente no llega a ensordecernos. Entonces nos conformamos con rumores mientras buscamos una melodía que entone como deseamos con las palabras de nuestra piel. Sonidos, sonidos y más sonidos… y ninguno entre ellos consigue armonizar mientras hallamos la forma de componernos junto a las brasas de algún tacto que podamos reavivar. No existe, la perfección no lo es, la inventamos cortando sensaciones en un patrón de sueños que por defecto no somos capaces de tocar. Escuchamos “te quiero (s)”, los soltamos al vacío y se pierden entre las lenguas que los necesitan, y las que los olvidan. Pero te quiero, o te quise… y tú me quisiste, hiciste de mi un trocito de lo que nunca voy a ser, de lo que ya soy, a pesar de la resistencia. Tú lo dijiste, mi lengua lo necesitaba y lo escuchó para no olvidarlo. Me dormí una noche escuchando cómo lo afinabas para mi piel, escuchando sólo una voz que nunca he visto. Y a la mañana siguiente no había nada que escuchar. Me dejaste sorda, tú. Me dejaste sorda, y sólo llegaste para susurrarme; de haber gritado junto a mis oídos hubiera desaparecido, y ahora no sería la primera vez que leo esto, que escribo esto, que te hablo sin decirte nada, que escribo pensando en el silencio. Y en eso te has convertido. Para mí. Amo de las metáforas, interpreta. Te conté un cuento y tú lo hiciste tuyo, para contármelo… cuando ya había olvidado a la autora. Ahora tomo el tuyo de otoño, y lo reinvento porque es mío desde que dijiste que tu piel transpiraba mi nombre.
Eco, eco, eco…
lunes, 19 de febrero de 2007
Patas y ruedas
Vino a verme. Vino a verme y se quedó sentado junto a mí, colocó una silla de mimbre pintada (o despintada) de blanco junto a la mía, y mientras me miraba fue doblando su cuerpo poco a poco hasta formar dos ángulos rectos paralelos a los del mimbre. No lo miré, pero intuí sus ojos; nunca lo miraba, nunca miraba a nadie, ni a nada… o eso daba a entender.
No esperé un segundo más: moví el cuello lentamente, en dirección a él, y lo miré. Por fin lo volvía a mirar, y él me estaba mirando, atónito, incrédulo… soñando. Me humedecí los labios, haciendo salir ese vomitivo sabor de mi boca hacia afuera, hasta que me llegó el olor y pensé que él podría olerlo también, pero qué le iba a importar, y lo que era más importante, ¡qué me importaba a mí! “No te llamarán. No esperes que lo hagan, porque no pienso hacer nada que les haga creer que estoy mejorando. Lo estoy haciendo ahora, esto les va a tener ocupados durante un tiempo, y en ese tiempo no mostraré cambio alguno. De modo que me gustaría que no tardases más de lo “normal” en volver a verme, y espero que la próxima vez me traigas un regalo; condones estaría bien, ya sabes que no me gusta el chocolate, y las flores me dan asco, tanto asco como el puto color blanco de sus batas. Así que nada de mariconadas si no te importa. Ya era hora de un pequeño cambio, ¿no crees?”.
viernes, 16 de febrero de 2007
Inercia
-Cuéntame la lluvia.
-¿Qué dices?
-Nada.
-¿Qué te cuente la lluvia?, ¿y eso cómo se hace?
-No quiero que me cuentes la lluvia.
-¿Qué te cuente cómo es la lluvia acaso?
-No.
-¿Qué quieres?
-Nada.
-No te creo. Siempre quieres algo.
-¿Y para qué voy a quererlo?
-Tú sabrás, es tu vida.
-…
-¿Por qué te quedas callada?
-…
-¡Di algo!
-¿Para qué?
-Para que no parezca que hablo sólo, ¡joder!
-Siempre hablas solo.
-¿Y tú qué?
-Eso mismo me pregunto yo.
-Ya estás con tus tonterías otra vez…
-…
-…
-…
-Cielo, venga, no te pongas así.
-…
-Es que no te entiendo.
-Ya lo sé.
-Lo entiendes, ¿verdad?
-Sí.
-¡Esa es mi chica!
-…
-Así me gusta, que sonrías.
-Lo sé.
-Sabes que te quiero.
-Sí.
-¿Ves?, ya está arreglado.
-Claro…
-Vámonos de esta cafetería.
-¿Por qué?
-Me apetece.
-Y ¿a dónde?
-No sé, ¿dónde quieres ir?
-Aquí.
-¿Aquí?
-Sí.
-¿Con el sol que hace fuera?
-Incluso.
-No te entiendo.
-Eso ya lo has dicho…
-Pero no puede ser que no quieras salir.
-¿Por qué no?
-Pues porque no, no sé…
-Vete tú.
-No; quiero que vengas conmigo.
-¿Para qué?
-¿Cómo que para qué?
-Sí, eso mismo.
-Pues para no irme solo…
No te diré que no me busques porque sé que no me vas a encontrar, de lo contrario no haría esto. Me parece increíble que después de tanto tiempo no tenga nada que decirte, nada que me vaya a escocer si no te digo… me acostumbré a ello en tus moldes, y afortunadamente he encontrado un punto de inflexión para salir de ellos. Cuéntame la lluvia, soñé a esas tres palabras… pero tú no sabías soñar con cuentos.
sábado, 10 de febrero de 2007
El tren había llegado hacía quince minutos, y aun tenía tiempo de fumarme un cigarro antes de irme. Dejé la maleta junto a mi asiento y bajé al andén. Saqué uno de los cigarrillos y lo coloqué entre mis labios, lo encendí y aspiré intensamente de él. Exhalé todo el humo con un suspiro, recordando el día anterior, el último día de mi antigua vida; y el “hoy”, tan sólo un tránsito hacia una nueva, o la misma, pero en un lugar distinto, con distintas caras y olores distintos. El fuerte sonido del pitido que avisaba de la inminente salida me sacó de mis recuerdos y mi exaltación aumentó: me iba por fin.
-Gracias, también me gusta mucho tu olor…
-Es vainilla.
-Lo sé.
Sonrió y cambió mis ojos por el paisaje que le ofrecía el otro lado de la ventana, yo cambié los suyos por su cuerpo, por las formas que intuía bajo los pliegues de esa tela. Entonces giró su cara de nuevo hacia mí:
-¿Y te gusta?
-Sí.- dijo tras una carcajada. -Y no importa, yo también te he estado mirando…
miércoles, 7 de febrero de 2007
¿Cuánto hace...? (Repeat)
Una hora después, fumas relajado, tumbado en la cama, boca arriba, sonriendo... la oreja te arde. Piensas...
domingo, 4 de febrero de 2007
Para rellenar una soledad...
-Adiós.
-Sí, ya lo sé.
-Pues vete.
-Vete a la mierda.
-¿Para qué? Ya estamos en un sitio parecido...
-Serás gilipollas... qué coño sabrás!
-Sé que esto está muy lejos de un sitio que pueda darnos alegría.
-¿Un sitio?
-Nosotros, tú y yo...
-Entonces...
-¿Qué?
-Que dejes de decir sandeces, sobretodo ahora.
-Bueno, ya me he cansado.
-Y yo. Adiós.
Él no respondió; era el turno de ella. Los dos dijeron adiós y se quedaron uno junto al otro, cogidos de la mano. Vieron el cielo alejarse y oscurecer, y con él sus estrellas. Intentaron volar agarrados a alguna de ellas, pero se tenían de las manos, y no supieron que soltarse no era tan difícil como creían. Lo intentaban, pero eran incapaces, sus músculos no respondían a los estímulos de sus cerebros, o quizá sí.
¿Qué ocurre cuando no sabemos cuáles son nuestros deseos? ¿Deseamos, en realidad, si no sabemos qué? ¿Por qué continuamos agarrados de la mano? La costumbre nos hace, y nos deshace.
domingo, 28 de enero de 2007
Destierros ilícitos
... esto sólo es una canción para niños, menuda mierda papelerERA*.
viernes, 19 de enero de 2007
Incompleto
-Hola.-¿Cómo estás?-conocía la innecesidad de su pregunta, pero notaba la obligación de hacerla, con la esperanza anclada en los ojos de su pasada amistad. Una mueca usurpó las explicaciones, pero la comunicación fue completa. Sólo tomaron un café, y hablaron cuánto la falta de confianza les permitió, el tiempo había interpretado los últimos meses un papel cruel, un estancarse... No, no había sido el tiempo el culpable; la negrura que su encuentro provocó, apagó levemente la confusión: el tiempo no se detiene, el tiempo no pasa, nosotros, nuestras relaciones, lo que nos rodea, lo que rodeamos... todo lo existente, si algo lo es, es objeto de la degradación, la decadencia, el continuo perecer; todo menos el tiempo que se rie de las criaturas que controla. Su amistad ya no lo era, había evolucionado a la aparente indiferencia, que en realidad era malentendido, incompresión, frustración, dolor, negación del conjunto y su individualidad... pero continuaba mostrando al mundo sus dientes, esa boca tan hipócrita que reía para no hablar. Se prohibía dejar salir el veneno que apresaba su vida. El miedo a asentir esa pesadilla bloqueaba todo intento de desahogo, de sinceridad; sabía que decírselo implicaba compartilo, que la otra persona fuera consciente de su consciencia... obviarlo seria lo mejor, a corto plazo. Así sería meses después, cuando apenas pudiera concebir una conversación de más de cinco palabras sin desear gritar a la cara y a los ojos de su amistad, cuánto le echaba de menos, cuánto le necesitaba, todo lo que le odiaba, echarle de su vida y abrazarle como antes, incluso pegarle... lo que fuera a fin de volver a sentir que existe vida en el aire por el que se unen sus palabras.
jueves, 11 de enero de 2007
Milímetros
A eso lo llaman silencio. Escucha mi respiración, y la tuya. Nota la caricia del aire que sale por tu nariz en tus labios. Hablemos bajito, despacio, que nos escuchemos sólo nosotros. Acércate más, pégate a mi, lo escucharás mejor, lo notarás mejor, te oleré mejor. Mmmm... qué bien hueles. Huéleme ¿te gusta? me haces cosquillas en el cuello con tu respiración, suave. Nota la tranquilidad. Hazte chiquito conmigo. ¿Quieres?. Estremécete entre los suspiros del silencio, nota como te haces más bajito y cualquier cosa podría envolverte, abrazarte... Ven conmigo a los brazos del algodón, déjate atrapar por la calidez, sutil. Cada vez somos más pequeños, ponte de cuclillas, agáchate a mi lado para que no nos vean los gigantes. ¿Los ves? Son aburridos, no quieren jugar. Desde ahí arriba no pueden ver las cosas diminutas. Ahora podremos hacer lo que queramos porque nadie nos verá, lléname la boca de chocolate, pruébate. ¿A qué sabes? Desnudémonos los pies, acaricia la tela con la planta, mueve los dedos, déjalos jugar entre ellos, con los míos, con los tuyos. Vamos a mirarnos, o a vernos. Ve las pupilas, se cierran cuando me acercas los ojos. Quédate quieto, ahora acercaré yo mi cara a la tuya, quiero ver como se cierran tus pupilas... la vista, de cerca, muy cerca... voy a contar los poros de la piel que va de tu frente a tu barbilla. Cierra los ojos. No me mires, sólo nota mi respiración recorriendo tu cara, la mezcla de tu olor con el mío, el roce de mis muñecas junto a tus brazos, los restos de sabor a chocolate en tu boca. Quiero más, en mi boca ya sólo encuentro tu sabor. ¿Quieres probarlo? Primero recogeré un poco más del de tu cuello, despacio, dejando que la humedad se enfríe en tu piel, dándole calor después... Pruébalo, cata tu sabor en mi boca. Me gusta pasar de la aspereza a la suavidad sin salir de tu boca, sin que tu lengua deje de acariciar la mía. Voy a secarte los labios, me gusta tocarlos con la punta de mis dedos muy despacio, casi sin tocar. Cierra los ojos de nuevo, quiero estimular el tacto de tus labios, que me reconozcas sólo con meter mi labio inferior entre los tuyos. Ahora tú, mírame. Mírame sabiendo que yo no te veo, nunca sabré lo que estás mirando. Sé que estás cerca, aunque no me toques noto que tu cuerpo quema. Tócame. Pon tu nariz sobre mi párpado, y tu pecho sobre el mío, araña. Voy a acariciarte la espalda en su centro, dame un escalofrío, te lo devolveré.